POBRE ILUSIÓN
Cientos de niños salen a las peligrosas calles de lima e intentan ganarle a la pobreza.
Por Luis Eduardo Torres P.
Entre el sonido armonioso y envolvente de las sirenas de los carros, el atolladero fortuito, las mentadas de madres entre choferes y el silbato brutal del policía de tránsito, está Peter, un niño que a sus diez años decidió dejar de lado los carritos de juguetes, los robots, el play station, las chapadas y las escondidas por una miserable bolsa de caramelos. Está parado en una esquina esperando que el semáforo cambie a rojo y empiece su rutinario discurso de todos los sábados.Son las nueve de la mañana del sábado. Peter acaba de llegar a la bolichera ubicada en el distrito de Surco, con un polar naranja que resalta su tez morena. Casi imposible poder pasar desapercibido, con unas tabas –perdón zapatillas- con boca sacando la lengua sin discreción, sin dejar más huellas que el de una simple media a medio usar. “me puse las guerreras” dice Peter con la picardía que lo amerita. En respuesta a ello, solo atino a decir, con ironía, que el chavo del 8 se las jugó.Una, dos, tres veces intenta subir a un carro, pero sabe que tiene que tiene que lucharla y espera impaciente a que un magnánimo cobrador se conmueva y pueda abordar su primera plaza. En el sexto intento – si mal no lo recuerdo- logra subir a uno, yo, detrás de él, me siento en la última fila tratando de no incomodar y simular ser un pasajero. Su discurso, el de siempre, el de todos los sábados empezó a retumbar mis oídos, con una voz enérgica repitiendo una y otra vez lo que seguramente damos oídos siempre los que subimos a estos medios de transportes, pensando quizás, como todo peruano desconfiado, que son solo patrañas. Pero lo que Peter menciona son simplemente verdades. “vengo de una familia pobre, soy huérfano de padre y tengo que llevar un pan para mis hermanos”, es la fatídica perorata que se manda en casi todo el día.El inaugural de dos hermanos, de familia criolla y dispersa, su padre emigró a España para ayudar en la economía de la casa, pero nunca más se supo de él. Su madre Doña Emilia, trata de salir adelante vendiendo comida en el centro de Lima, aún así no logra cubrir los gastos que esta demanda. Peter vive con su abuela Alejandrína, decidió esto luego de cansarse del maltrato que le hacia su padrastro, un bueno para nada que encina de ser un mantenido, es conchudamente un adicto al narcótico.La lucha por esta familia, de Peter y de todo el Perú por salir adelante, es un constante atropello a la honra. Ver a niños como el, muriéndose de frío, obligados a hacer algo que para su edad falta mucho, dejarles tanta responsabilidad es algo que el estado debería derogar. Es así que aun no se ha ganado la guerra contra la pobreza. “Es mentira eso hermanito, si la pobreza a bajado entonces porque los precios de los productos suben cada día” […], responde con algarabía Doña Emilia, quizás sea una de la tantas preguntas que cada peruano se hace hoy en día. Este dato debe ponderarse a la luz de la cifra siguiente: el 86% de la población considera que la distribución de la riqueza en el Perú es injusta y muy injusta.Peter, es un niño con un gran futuro, es hijo, hermano y mentor, no es precisamente el más destacado del colegio Nacional José Eguren de su distrito, donde se instruye, pero trata de aprovechar al máximo ese poco tiempo que se dedica a cultivarse.El color serio no va con él, su picardía lo ha llevado a ser el mas famoso de esas cuatros esquinas, donde cada sábado trata llevar algo para su casa. Su parque diversión, es el parque Raimondi, ubicado a unas cuantas cuadras de su casa en Barranco, un distrito limeño. Ama el fútbol y de grande quiere llegar a jugar en el quipo de sus amores, Alianza Lima.Para el día de su onomástico, dice, el mejor regalo que recibiría seria una pelota de fútbol, la cuarta en su infancia y esta vez promete no terminará en el techo de la vecina.Así como él, miles de niños salen a las calles, en busca de un mejor mañana, dejando de lado muchas de las cosas importantes que hay en esta vida. La infancia. Quizás debamos de pensar mejor las cosas, detenernos un momento y ver o escuchar a esos niños que pululan por las peligrosas calles de lima. Es momento de que todos pongamos un granito de arena y saquemos al Perú definitivamente de la pobreza, pues así como ellos, cada uno de nosotros tenemos necesidades, distintas, pero necesidad al fin. Nos quejamos muchas veces de la cosas vanas y pasajeras, y dejamos de lado lo que realmente interesa, la unión como peruanos, el amor como tal.Estoy seguro que desde allá, desde la bolichera, Peter está pensando en mí. Como yo en él. Repasando cada momento anecdótico y cultural que vivimos, recordando quizás las veces que subimos y bajamos de los carros- docenas de veces- , las veces que tuve que terminar los pocos caramelos que le quedaban y poder llegar así a su meta sabatina. Cien soles. Esos días realmente fueron inolvidables, espero que sigas adelante y que cumplas tus sueños. Gracias Peter.